Salud y Bienestar

Ansiedad Moderna: Un mecanismo de supervivencia

El verdadero conflicto comienza muchas veces en la forma en que aprendimos a interpretarlo

Emma Corominas / Ronald Menjívar
13 May 2026
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Ansiedad Moderna: Un mecanismo de supervivencia

Emma Corominas, en su consulta dándole atención a un paciente.

/ Emma Corominas

En los últimos años, la ansiedad se ha convertido en una de las palabras más repetidas dentro de las conversaciones sobre salud mental. Cada vez más personas dicen “tengo ansiedad”, aunque pocas veces se detienen realmente a comprender qué significa, por qué aparece o qué intenta comunicar el cuerpo cuando esas sensaciones comienzan a manifestarse.

La mayoría de las personas vive la ansiedad como algo que debe eliminarse cuanto antes, como si fuera un error interno, una falla del cuerpo o una señal de que algo no funciona correctamente. Sin embargo, la ansiedad no es un defecto ni un trastorno creado por la mente moderna. En esencia, es un sistema de supervivencia que ha acompañado al ser humano a lo largo de la evolución.

Gracias a la ansiedad, nuestros antepasados pudieron detectar amenazas y reaccionar rápidamente ante situaciones de peligro. El aumento del ritmo cardíaco, la respiración acelerada, la tensión muscular o el estado de alerta no son señales de que el cuerpo esté fallando, son respuestas biológicas diseñadas para prepararnos frente a una posible amenaza. Diversos autores desde la psicología evolutiva han señalado que la ansiedad cumple una función adaptativa clave para la supervivencia humana. El psiquiatra Randolph M. Nesse, en su investigación “An evolutionary perspective on panic disorder and agoraphobia” (1987), explica que muchas respuestas asociadas a la ansiedad forman parte de mecanismos evolutivos creados para mantenernos con vida.

El problema, por tanto, no es tener ansiedad. El verdadero conflicto aparece en la manera en que la interpretamos.

Actualmente, muchas personas experimentan determinadas sensaciones físicas o emocionales —a las que suelen llamar “síntomas”— y automáticamente piensan:“me va a pasar algo”, “esto no es normal” o “debería poder controlarlo”. Es en ese momento cuando comienza el círculo que mantiene la ansiedad activa.

Cuando una persona interpreta la ansiedad como peligrosa, deja de vivirla como una reacción natural del cuerpo y empieza a luchar constantemente contra ella. Intenta controlarla, evitarla o eliminar cualquier sensación incómoda. Sin darse cuenta, le envía al cerebro un mensaje muy claro: “esto es una amenaza”.

Y el cerebro, cuya función principal es protegernos, responde intensificando aún más el sistema de alarma.

Este proceso ha sido ampliamente estudiado desde los modelos modernos del aprendizaje y los trastornos de ansiedad. Investigadores como Mark E. Bouton, Susan Mineka y David H. Barlow, en el estudio “A modern learning theory perspective on anxiety disorders” (2001), explican cómo la evitación y la interpretación catastrófica de las sensaciones físicas refuerzan el mantenimiento de la ansiedad. Cuanto más se intenta dejar de sentir ansiedad, más atención recibe y más presente se vuelve en la vida cotidiana.

Así es como muchas personas terminan atrapadas en un bucle del que parece difícil salir: el miedo a sentir ansiedad termina generando todavía más ansiedad.

Un hombre sufriendo un ataque de ansiedad / Internet

En algunos casos, esto provoca que se empiecen a evitar situaciones cotidianas como salir, conducir, viajar o permanecer en lugares con mucha gente, no porque exista un peligro real, sino por el miedo a cómo podrían sentirse en esos escenarios. Poco a poco, la vida comienza a reducirse y el miedo deja de estar fuera para instalarse dentro de la propia persona.

Comprender esto cambia completamente el enfoque.

Tal vez el objetivo no sea eliminar la ansiedad, sino aprender a dejar de vivirla como una amenaza constante. Entender que el cuerpo no está roto, que las sensaciones incómodas no siempre significan peligro y que reaccionar automáticamente con miedo solo intensifica el problema. Porque la ansiedad, aunque incómoda, no es el enemigo. Es una señal.

La gran pregunta entonces es: ¿Por qué hoy sentimos tanta ansiedad si ya no vivimos expuestos a peligros físicos constantes como en el pasado? La respuesta está en la forma en que vivimos actualmente.

Los miedos modernos han cambiado. Ya no se relacionan únicamente con amenazas físicas, sino con una exposición continua a estímulos y exigencias permanentes. Una llamada del trabajo fuera de horario, el multitasking constante, las redes sociales, las notificaciones, la presión por responder rápido o la sensación de inmediatez en la que vivimos se han convertido en los “nuevos peligros” del día a día. A simple vista pueden no parecer graves, pero tienen algo en común: se acumulan silenciosamente.

Poco a poco, casi sin que la persona lo perciba, estos estímulos generan un estado constante de activación que termina traduciéndose en agotamiento emocional, estrés, irritabilidad, sensación de agobio y ansiedad persistente. Investigaciones como las de Melissa Bateson, Ben Brilot y Daniel Nettle en el trabajo “Anxiety: An evolutionary approach” (2011), señalan que la ansiedad también puede entenderse como una respuesta adaptativa frente a entornos percibidos como impredecibles o amenazantes.

A esto se le puede comparar con “la botella de la ansiedad”: una acumulación progresiva de tensiones, preocupaciones, emociones reprimidas y sobrecarga mental. Y cuando además existen experiencias difíciles, heridas emocionales o aprendizajes previos que enseñaron al cerebro a percibir el mundo como un lugar peligroso, esa botella comienza a llenarse todavía más rápido.

En definitiva, la ansiedad no es algo malo ni una condición que deba vivirse desde la vergüenza o el miedo. Ha acompañado al ser humano como especie y ha sido fundamental para la supervivencia. Los síntomas físicos y emocionales muchas veces son la señal de que esa “botella” emocional se ha llenado hasta el límite.

Aprender a vaciarla implica mucho más que buscar alivio inmediato. Significa comprender lo que ocurre dentro del cuerpo y la mente, transformar hábitos, cambiar la relación con la ansiedad y desarrollar una manera más amable, consciente y realista de vivir con ella. Paradójicamente, muchas veces es cuando dejamos de luchar desesperadamente contra la ansiedad cuando comenzamos, poco a poco, a acercarnos a esa serenidad que tanto buscamos.

Foto de Emma Corominas
Emma Corominas
Terapeuta | Especialista en ansiedad y regulación emocional – España.
Acompaña a personas que viven con ansiedad persistente, miedo a los síntomas y conductas de evitación, ayudándolas a comprender desde la raíz lo que les ocurre y a recuperar la calma y la confianza en sí mismas. A través de su trabajo, promueve una comprensión más profunda y humana de la ansiedad, alejada de soluciones rápidas y centrada en un abordaje emocional sostenible.