Historias que Inspiran

El derecho a no callar: Una médica contra la indolencia sanitaria

A través del arte de la protesta visual y el activismo independiente, la doctora Floridalia Aguilar Perdomo transforma el duelo familiar y la indignación hospitalaria en un incómodo espejo para el poder político

Ronald Menjívar
12 Sep 2026
7 min de lectura
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El derecho a no callar: Una médica contra la indolencia sanitaria

La doctora Floridalia Aguilar Perdomo, en el centro medico donde labora.

/ Revista Mundo Real

El sistema sanitario de Honduras suele describirse a través de frías estadísticas de desabastecimiento, pero para quienes caminan sus pasillos, la realidad se traduce en rostros humanos atrapados en la vulnerabilidad. En ese escenario complejo, donde la vocación médica se enfrenta diariamente a las carencias estructurales, surge la figura de la doctora Floridalia Aguilar Perdomo.

Su transición de las aulas de medicina al liderazgo de una protesta visual disruptiva no fue un camino fortuito, sino la respuesta inevitable de una profesional que entendió que la medicina no solo se ejerce con el estetoscopio, sino también con la palabra, el cuerpo y el arte cuando el entorno social se encuentra en un estado crítico. Su historia, repleta de convicción, ilustra el desafío de transformar la indignación colectiva en un catalizador de cambio dentro de una de las instituciones más rígidas del país.

Toda vocación profunda posee un origen íntimo, un punto de quiebre donde el destino individual se alinea con el servicio a los demás. Para la doctora Aguilar Perdomo, ese punto de partida estuvo marcado por el dolor y el territorio. Honduras, un país cuyas profundas desigualdades sociales representan un terreno fértil para el surgimiento de espíritus altruistas, exige de sus ciudadanos un compromiso que va más allá del cumplimiento del deber. En ese entorno, donde pensar en el bienestar colectivo convierte a los individuos en líderes de su propia historia, la pérdida personal se transformó en un motor de cambio. La muerte de su padre no solo significó un duelo profundo, sino que se convirtió en el impulso definitivo que encendió su deseo de formar parte del sistema sanitario. Aquella vivencia familiar sembró la determinación de sanar, de mitigar el sufrimiento ajeno y de comprender desde adentro los engranajes de un sector salud que, tarde o temprano, revelaría sus fisuras más profundas.

La incorporación al sistema de salud pública expone con rapidez a los nuevos profesionales a una realidad desgastante. La práctica médica en Honduras, lejos de limitarse al rigor científico que exige la academia, se convierte con frecuencia en una lucha constante contra la falta de respeto y la ausencia de consideración hacia el personal sanitario. Este desgaste progresivo coloca a los médicos en una posición de extrema vulnerabilidad.

Fue precisamente en uno de esos momentos de fragilidad institucional cuando la doctora Aguilar Perdomo decidió romper los esquemas tradicionales de la profesión. En lugar de optar por el silencio o la resignación que a menudo impone la inercia burocrática, decidió alzar su voz a través del arte de la protesta visual, utilizando un elemento radicalmente disruptivo para una sociedad con arraigados tabúes conservadores: un traje de baño como uniforme de protesta. La elección de esta indumentaria no fue un acto de provocación vacío, sino el resultado de un proceso creativo guiado por la convicción de que la mujer hondureña posee un talento inmenso que debe manifestarse en el espacio público. En un ambiente donde la crisis de la salud se ubicaba en la primera línea de las preocupaciones nacionales, la doctora identificó una oportunidad única para alzar la voz, fusionando el conocimiento científico con la creatividad femenina. A pesar del impacto cultural que esto conllevaba, el día que decidió marchar por primera vez con esta vestimenta, los temores quedaron relegados a un segundo plano. La indignación acumulada ante las carencias del sistema era tan profunda que cualquier situación adversa se asumía como un reto menor; el objetivo máximo y absoluto era lograr que su voz fuera escuchada, superando cualquier barrera mental o social.

Romper con las dinámicas de una institución formal y jerárquica implica asumir riesgos considerables ante el escrutinio de los pares y de las cúpulas políticas. Sin embargo, la estrategia de la doctora no se fundamentó en la rebeldía irresponsable, sino en una protesta fundamentada, madura y respetuosa del marco ético. Al canalizar el reclamo a través de una propuesta visual estética pero contundente, sus colegas y el entorno profesional reaccionaron con un nivel de aceptación que desafió las expectativas iniciales. La comunidad médica, extenuada por las mismas condiciones de trabajo, encontró en su propuesta una representación digna de su propio sentir. Muchos de sus compañeros vieron en esta manifestación visual una vía aceptable y necesaria para comunicar las deficiencias del entorno laboral sin perder la dignidad profesional.

La doctora, en plena protesta / Revista Mundo Real

Detrás de la imagen de valentía que proyecta en las plataformas digitales, la realidad de la doctora Aguilar Perdomo incluye enfrentar constantes descalificaciones e incluso agresiones verbales. Para blindar su salud mental y preservar su paz interior ante la incomprensión y los ataques, la profesional se apoya firmemente en la cruda realidad que vive el país cotidianamente.

La certeza de saber que sostiene una postura justa y el logro de ver que su voz efectivamente es escuchada constituyen su mayor escudo emocional. Cuando los sectores médicos tradicionales o los actores políticos cuestionan sus métodos, la doctora esgrime argumentos de corte humanista y social: la salud es un derecho inalienable, pero la clase política la ha transformado en un negocio mercantilizado y comercializado.

Bajo esta perspectiva, el sector médico se convierte en una víctima del sistema, aunque la doctora denuncia con valentía que algunos profesionales también forman parte del colapso al normalizar redes de corrupción por una alarmante falta de valores.

Muchos médicos callan y aceptan la opacidad institucional debido a constantes amenazas, convirtiendo al silencio en un cómplice directo del deterioro sanitario. En ese entorno de sumisión, quienes optan por protestar inevitablemente resultan incómodos para el poder establecido. Esta postura firme le ha valido amenazas formales contra su integridad física. En los momentos de mayor vulnerabilidad, cuando la presión invita a dar un paso atrás y colgar el traje de protesta, la doctora extrae su fuerza del hecho de ser una víctima que ha logrado el potencial de ser escuchada, un alcance que dinamiza su resistencia.

Los reclamos de la doctora Aguilar Perdomo no se limitan a la escasez de medicamentos en los hospitales; abarcan problemas estructurales que asfixian la cotidianidad hondureña, como los asaltos armados en el transporte público, las masacres criminales y la alarmante ola de violencia generalizada. No obstante, al priorizar la batalla más urgente que Honduras necesita ganar para devolver la paz a sus ciudadanos, la médica señala categóricamente a la inseguridad ciudadana, describiéndola como el fenómeno central que genera caos e impide el avance del desarrollo nacional. Esta lucha integral ha provocado que pacientes en situaciones críticas —quienes reciben tratamientos paliativos mientras esperan citas o cirugías retrasadas- así como mujeres y hombres de la sociedad civil, le expresen públicamente su inspiración y el deseo explícito de unirse a sus presentaciones y movilizaciones urbanas.

Un pilar fundamental en la filosofía de la doctora es su definición como una voz sin tintes políticos partidarios. Para ella, el activismo independiente representa la opción más efectiva en la actualidad para tocar la fibra de los gobernantes, debido a que no la compromete a seguir las líneas ni los intereses de ninguna facción. Esta independencia permite que sus posturas sean claras y, por ende, aceptadas por los ciudadanos de opinión y conciencia neutra, marcando una distancia saludable frente a los canales tradicionales de participación, los cuales considera rechazados por una sociedad que los ve como estructuras que fracasaron en alcanzar sus objetivos.

A través de su audacia, el mensaje que busca sembrar en las futuras generaciones de profesionales de la salud y en las mujeres hondureñas es el despertar de una alta conciencia respecto a los valores éticos perdidos. La doctora lamenta profundamente cómo múltiples profesionales se han prestado a la corrupción, anteponiendo el lucro económico y el dinero por encima del valor supremo de la vida y de la salud pública. Con la mirada puesta en el futuro, visualiza su evolución a cinco años plazo con absoluta claridad: continuará en las calles y en la lucha. Su compromiso ético le dicta que la protesta no puede terminar mientras persista una sociedad sesgada e indiferente; para ella, la búsqueda de justicia es una tarea permanente que no debe detenerse. Al pasar la marea de la coyuntura política, la doctora Floridalia Aguilar Perdomo anhela ser recordada por el pueblo hondureño como una persona sensata, siempre lista para ayudar y combatir las injusticias que por décadas han desgastado a la sociedad, dejando un legado firmemente marcado por los logros concretos y la búsqueda incansable de la justicia social.

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