Dr. Emec Cherenfant: el hombre que convirtió la medicina en un acto de empatía
La historia del cirujano que entre África, Francia y Honduras encontró en el arte, la fe y el servicio una forma extraordinaria de transformar vidas
El dooctor Emec Cherenfant, Cirujano Plástico y Reconstructivo
/ Emec CherenfantExisten historias que se construyen desde una sola vocación y otras que parecen nacer del encuentro improbable entre distintos mundos. Historias donde el arte convive con la ciencia, donde la disciplina se mezcla con la sensibilidad y donde el reconocimiento nunca termina siendo el destino, sino una consecuencia del propósito. La vida del Dr. Emec Cherenfant pertenece a ese tipo de historias difíciles de encasillar. Médico, cirujano plástico reconstructivo, músico, escritor, comunicador y hombre de fe, su trayectoria pública ha sido ampliamente observada, comentada y reconocida; sin embargo, detrás de cada cirugía, de cada escenario y de cada proyecto existe una raíz mucho más profunda que explica quién es realmente: una infancia donde servir no era una opción extraordinaria, sino la forma natural de vivir.
Cuando se le pregunta qué recuerdos, enseñanzas y sueños permanecen vivos desde sus primeros años, no responde hablando de títulos ni de logros. Regresa inmediatamente al origen. “Yo soy hijo de un pastor adventista”, dice con una naturalidad que deja ver que allí está el centro de todo lo que vino después. Su padre fue pastor adventista y su madre misionera en África. Ambos hicieron todo lo posible para que sus hijos crecieran dentro de un ambiente sano, entendido no como limitación, sino como un espacio donde era posible disfrutar de las libertades que podían existir en aquel tiempo, siempre acompañadas de principios claros y una formación espiritual sólida.
Recuerda que su padre les inculcó permanentemente la noción del buen vivir, pero siempre en armonía con las reglas del cristianismo. Desde pequeño creció creyendo que la vida debía tener propósito y que ese propósito debía servir para algo más grande que uno mismo. Durante años pensó que las únicas rutas posibles eran convertirse en misionero adventista, médico adventista, profesor adventista o profesional adventista, entendiendo cualquiera de esas vocaciones como una oportunidad para difundir el mensaje del segundo advenimiento de Cristo Jesús.
Dentro de ese hogar había otra presencia permanente que terminó moldeando silenciosamente toda su identidad: la música. El doctor recuerda que creció en un lugar cristiano donde la música era ley, donde la música formaba parte del diario vivir y donde cada hijo entendía el arte como parte de su formación básica. Eran cinco hermanos y todos aprendieron piano porque su madre les impartía clases. La vida espiritual y artística ocurría al mismo tiempo. Tocaban en la iglesia, dirigían coros, participaban en agrupaciones musicales, organizaban un cuarteto mixto, otro masculino y otro femenino. La música no era espectáculo; era disciplina, formación del carácter y una forma de servir.
Con el paso del tiempo comprendió que ser hijo de pastor le regaló algo aún más valioso que una educación religiosa: le permitió entender la dimensión misionera de la obra adventista a nivel mundial. Hoy reconoce que gran parte de lo que ha construido nace directamente de la formación que recibió de sus padres y que ese mismo legado ha intentado sembrarlo en sus propias hijas, Elaine Cherenfant y Lyanne Cherenfant.
Habla de ellas con orgullo porque representan una continuidad familiar de cuarta generación adventista: su padre fue pastor, su abuelo también y antes de ellos su bisabuelo.
La sensibilidad artística tampoco terminó en la música. Su padre convirtió el arte en una forma de observar el mundo. Cada vez que llegaban a una ciudad nueva existía una rutina inalterable: antes de cualquier otra actividad había que buscar un museo o una galería para conocer pintura, aprender a mirar y desarrollar sensibilidad estética. Todo tenía una dimensión artística dentro del hogar.
Cuando llegó el momento de estudiar medicina entendió que no podía alejarse de esa forma de ver la vida. Necesitaba encontrar una especialidad donde el arte siguiera existiendo. Por eso buscó una rama médica donde pudiera convivir la técnica con la sensibilidad y encontró esa unión en la cirugía plástica.
Para él era la única especialidad donde el arte seguía vivo. Quizá por eso existe una frase que se volvió una especie de declaración personal y que suele repetir con total honestidad: “Soy músico de profesión y médico por accidente”.
Cuando alguien le pregunta qué es realmente, responde primero que es músico. Luego sonríe y agrega que tuvo que estudiar cirugía plástica porque también había que vivir. Pero detrás de esa respuesta existe una visión mucho más profunda: tanto el piano como la cirugía buscan armonía, precisión, equilibrio y belleza.
Desde esa misma mirada hace una aclaración que considera fundamental. Muchas personas asocian inmediatamente la cirugía plástica con procedimientos estéticos o cosméticos, cuando para él el verdadero corazón de la especialidad es otro. “La cirugía plástica es primero reconstructiva y después estética.”
Explica que el nombre completo de la especialidad es cirugía plástica, reconstructiva y estética porque el componente estético llegó después. El origen fue reconstruir. Habla de autoestima, de bienestar humano y de personas que viven durante años afectadas emocionalmente por una malformación congénita, una alteración anatómica o una condición física que limita la forma en que se perciben. Para él, quitar una tara anatómica o devolver armonía corporal no es un acto superficial; es devolver dignidad.
Dentro de todos los episodios que marcaron su carrera existe uno que permanece intacto en su memoria.
Era el 31 de agosto de 1997. Se encontraba de guardia en el Hospital Pitié-Salpêtrière de París cuando aproximadamente a la 1:30 de la madrugada recibió el aviso de que había ingresado una paciente accidentada. Al llegar descubrió que era la princesa Diana de Gales.
Aclara algo desde el principio: no fue llamado por ser el mejor ni por una selección especial; simplemente estaba de turno. Pero el impacto fue inmediato porque era una mujer a quien admiraba profundamente. Seguía con atención su campaña contra las minas antipersonales en África, conocía su trabajo humanitario y guardaba incluso recortes sobre ella. Cuando comprendió quién era la paciente sintió el peso del momento. Recuerda aquella experiencia como algo profundamente humano. Importante. Difícil. Inolvidable.
Años después viviría otro momento histórico. El 30 de marzo de 2004 participó junto al doctor Florentino en el primer reimplante de mano realizado en Honduras. Insiste en algo que considera importante decir: el procedimiento no era extraordinario para la medicina mundial. Ya existía. Lo extraordinario fueron las condiciones.
Mientras en Francia había aprendido utilizando microscopios de última generación, en Honduras no existían ni siquiera las condiciones más rudimentarias para hacerlo.Se atrevieron a realizaron utilizando lupas y funcionó.
El impacto fue enorme dentro del ámbito médico latinoamericano y llegaron múltiples reconocimientos. Pero más allá del resultado, él insiste en agradecer al Señor por haber sido parte de ese momento y haber contribuido a dejar una huella en la historia de la cirugía plástica hondureña.
Sin embargo, cuando se le pregunta por las experiencias que más tocaron su corazón no menciona reconocimientos ni grandes procedimientos. Recuerda especialmente a una niña de La Másica cuya familia había vivido durante años convencida de que una operación significaría su muerte. El miedo dominó por completo a la familia hasta que finalmente aceptaron intervenirla. Todo salió bien. Tan bien que pocos días después estaba jugando nuevamente con sus hermanos. Aquel caso no solo fortaleció la confianza de la familia, también generó reconocimiento local y dejó una lección que él repite constantemente: Dios hace su obra utilizando personas que estén dispuestas a servir.
En medio de toda esta construcción aparece una figura que menciona con absoluta gratitud: su esposa, la Dra. Norma Edinora Brooks. Cuando se le pregunta qué representa ella en su vida responde sin reservas. Mi brazo derecho, Mí cabeza, Mi pie. Mi todo
Reconoce que constantemente emprende ideas difíciles y proyectos que parecen imposibles, pero ella ha sabido comprenderlo, acompañarlo y también detenerlo cuando es necesario. Y cuando piensa en el legado que quiere dejar a sus hijas aparece una palabra que él mismo creó “Campechanato”. La define como la capacidad de permanecer cercanos al pueblo. Que nunca sean las personas quienes deban acercarse al médico, sino que sea el médico quien vaya hacia las personas. Dice sentirse orgulloso porque logró sembrar en ellas empatía, cercanía con los pobres, sensibilidad hacia el campesino y respeto por la gente sencilla.
Esa misma filosofía sostiene al Ministerio Musical Amor y Fe, un proyecto nacido en 1982 que ya suma más de cuatro décadas de actividad ininterrumpida. Para él, la música continúa siendo una herramienta para llevar esperanza, espiritualidad y recordar que el segundo advenimiento de Cristo sigue siendo una promesa viva. Incluso ha compuesto canciones propias.
Entre ellas recuerda una especialmente significativa: “Ven conmigo hoy… ven a la patria celestial… sí hay salvación en la sangre del Señor.” Cuando se le pide resumir toda su filosofía de vida en una sola palabra responde inmediatamente: Empatía y amor al prójimo.
Cuenta además que en esta etapa de su vida ha comenzado a escribir y ya suma treinta y un libros, todos nacidos desde una misma convicción: ponerse la camisa del pobre, vivir en consonancia con el amor de Cristo y transmitir esperanza. Antes de terminar deja un mensaje para los jóvenes que sienten que sus sueños son demasiado grandes para su realidad.
Dice que los límites no existen. que los límites son únicamente las medidas que cada persona decide ponerle a su capacidad intelectual y concluye con una frase que parece resumir toda su historia: “El cielo es el límite.”
Finalmente, cuando se le pregunta qué huella espera dejar en Honduras, en África, en Francia y en todos los lugares donde su vida ha cruzado caminos, responde sin hablar de fama ni de reconocimiento. Dice que quisiera ser recordado como alguien que siempre luchó por los pobres, por los desamparados, por los menesterosos y por quienes menos oportunidades tuvieron.
Y agrega algo que termina explicándolo todo: “No importa que gaste mi último centavo en el bienestar de una persona pobre… lo seguiré haciendo.” Porque al final, más allá del médico, del músico o del personaje público, hay algo que permanece. La decisión de nunca dejar de tender la mano.
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